sábado, 24 de enero de 2015

El Medico Ñoño - Escrito en enero del año 2015 

De aspecto bonachón, con el rostro redondo como la luna y con el cabello desteñido por el tiempo, el médico Ñoño tenía un largo y blanquecino copete que, acomodado de manera desprolija sobre la frente, suplía la ausencia de los pelos del jopo.

Eladio Pérez se había quedado con poco akârague debido al efecto colateral que el “Espiritismo” generaba en su cuerpo, cuya consecuencia es similarmente comparable a la quimioterapia.

Era la prueba viviente de que el contacto con el “más allá” afecta a quienes desde el “más acá” interfieren en la dimensión que no le corresponden.

Siempre llamó mi atención que Ñoño anduviera descalzo, tiempo después entendería que eso se debía a su permanente conexión con el 4to elemento. El médico usaba la desnuda palma de su pie como un “Bluetooth” para hacer “tierra” y vincularse umbilicalmente a la tierra; la tierra era como su madre, sin ella no podía vivir.

Más que a menudo se lo veía sudoroso, traspiraba el dolor de sus pacientes, y luego de las batallas que libraba con el mal que genera las enfermedades en el hombre, quedaba exhausto y bañado en la sal de su propia transpiración, mientras suspiraba exhalando tufo de alcohol, producto del brindis que compartía con Exu Zepelintra y/o Pomba Gira, quienes a pesar de no pertenecer al altar cristiano lo respetaban y con quienes se relacionaba en un sincretismo de extremos espirituales de permanente y recíproca colaboración.

Mi amigo Eladio Pérez, EL MÈDICO ÑOÑO vivía en frente al domicilio de Don Marcelo Ayala, más conocido como “Marcelo Kamby”, quien tenía en cautiverio un Pájaro Campana al quien desde nuestros hogares durante mucho tiempo escuchamos cantar su genuina Paraguayidad.

El “ka,ka,ka,ka,kán” de su trino nacionalista, al que el arpa aborigen rinde tributo en sus sones onomatopéyicos, nos erizaba la piel y nos alegraba el alma, hasta que un día simplemente dejamos de oírlo.

No sé qué sucedió con aquella ave que encarna la identidad guaraní; quizás murió de tristeza lejos de su hábitat, o se escapó, o tal vez en el peor de los casos fue devorado por algún depredador.

 La teoría más creíble, pero a la vez xenófoba, fue la relatada por Mansí Servín, quien culpó a un vecino de nacionalidad brasileña de la desaparición del ave.

Según él, el gato del ciudadano brasilero admirador del bárbaro y andrógino Conde D’èu le propinó un zarpazo, quien al igual que su amo estaba harto de escuchar su perenne himno de libertad.

El rancho del naturalista estaba a escasos 20 metros de la cancha del club de sus amores, EL PORVENIR de Ypacaraí.

Cuando los jugadores de la casaca “azabache y esmeralda” no podían hacerse del campeonato a través de la superioridad atlética, Ñoño intervenía con su poder sobrenatural posibilitando que el “Decano del Fútbol del Interior” se imponga una y otra vez sobre otros clubes; pero cuando se disputaba un clásico contra el 24 de mayo, ordenaba a sus santos no interferir, pues decía que el popular Porvenir podía solo contra los verde amarillos.

Ñoño tenía el Don de curar con la imposición de manos, con la oración, era una esponja que adsorbía el dolor ajeno, podía tomar entre sus dedos la negativa energía que produce el sufrimiento en los nervios de la anatomía humana, era capaz de ordenar la expulsión de la lacerante persistencia y del agudo sufrimiento que aqueja la salud del prójimo.

Sostenía la teoría de que las energías negativas eran las responsables de los males que aquejan al hombre, y que las mismas provenían del dualismo ancestral entre el bien y el mal. 

Algunas entidades no siente aprecio y desconocen el amor, Dios extirpó ese sentimiento del corazón de ciertos caídos, quienes luego de ser derrotados por Miguel fueron arrojados a la tierra y desde entonces, palpitando amargura por siempre y para siempre, buscan vengarse del hombre a quien el creador presentó como su mejor creación,  ordenando al  cielo inclinarse  ante la creatura, siendo los Arcángeles Gabriel, Miguel y Rafael los primeros en acatar la disposición y doblar rodillas en una inconmensurable muestra de lealtad y amor al “Yo Soy”.

El médico era un sanador que se compadecía del afligido, y porque la fe transporta montañas, creía que el amor de Dios todo lo podía.

Debo ser honesto al afirmar que antes de conocerlo personalmente no creía en el poder de la oración, me parecía ilógico, increíble e inconsistente que alguien pudiera arrancar el dolor de un cuerpo en fracción de segundos solo con balbucear unas sencillas y poco atendibles palabras.

Durante el tiempo en que pude compartir su amistad, fueron numerosas las ocasiones en que junto a Isaac Villalba visitamos al curandero en su rancho, lo hacíamos preferentemente a la madrugada, luego de las 03:00 am, horario al que él denominaba la hora inversa.

Isaac le proveía de los habanos, “puros” sin los cuales no accedía a dialogar con nosotros, aunque debo ser honesto al decir que apenas encendía el cigarro y aspiraba bocanadas de humo, el amigo era ya solo un focalizador o tal vez médium huésped,y quien respondía a nuestras preguntas no era alguien que no correspondía a  este mundo.

A medida que inhalaba el tabaco la entidad se posesionaba de él y la vieja alma que hablaba todos los idiomas nos relataba en un mal pronunciado español, las reiteradas veces que encarnó.

Las madrugadas se hacían cortas para Isaac y yo, quedabamos embriagados y embelesados por el testimonio de la entidad que recordaba su pasado como Druida en que conoció a Allan Kardec, mencionaba las profecías de Michel de Notre Dame (conocido como Nostradamus), y que incluso antes de encarnar, contemplaba como los primeros hombres dibujaban en las cavernas lo que sus limitados cerebros, por influjo de sus almas en conexión con su creador, intentaban decirles  a través de  las manifestaciones sobrenaturales.

Durante meses acudimos cada madrugada al encuentro de nuestro amigo poseedor del alma más antigua del mundo, sentíamos curiosidad de saber que nos diría, pues en cada encuentro trataba temas diferentes.

De hecho, éramos conscientes de que no reuníamos las virtudes para ser sus discípulos, pero él sabía que nosotros creíamos en cada una de sus palabras y eso servía a su propósito, más aún a sabiendas de que su fin estaba próximo.

“Se trata de creer y tener la certeza” decía, “solo el 0.5 de la humanidad cree realmente en Dios y esa cifra no incluye al Papa, al Ayatolá o al Dalai Lama, cualesquiera sean su concepción de Dios. 

El creador está en las pequeñas cosas, en donde nunca pensaron hallarlo, debajo de una piedra, en el trino de un ave, en el agua del río; pero nunca en la ostentación, en el dogma y menos aún en el poder que solo conlleva brutalidad, lujuria, falsa superioridad y vanidad” decía.

En la última madrugada en que nos recibió, nuestro amigo no podía disimular una profunda tristeza, el encuentro fue mucho más breve, Ñoño sabía que eran sus últimos días sobre la tierra, y tras encender el habano dijo que la entidad milenaria no respondería ninguna pregunta, que se limitaría a decir lo que inexorablemente sucedería.

“Dentro de algunas décadas la humanidad sufrirá un azote del que no podrá salvarse sin intervención divina”, dijo lapidario.

“La ciencia estará imposibilitada de hallar una cura al virus que se esparcirá muy rápidamente, miles morirán y las potencias mundiales que lograron ver a través de los avances tecnológicos a las estrellas del universo, que les posibilitó llegar a la luna y hacer que todo el mundo esté conectado al conocimiento almacenado y entre personas mismas, estará atado de pies y manos, resignado a su suerte y sin luz al final del túnel”.

El hombre va a necesitar de esta alma antigua, tendremos que intervenir en el plano mundano, no hay otra, dijo sin que comprendiéramos a que se refería.

“Intervenir no conlleva atentar contra el libre albedrío?”, preguntó Isaac.

“Si y no” respondió la entidad encarnada por Ñoño, sucede que en el futuro otra entidad, mencionada en el libro de Enoc, deliberadamente intervendrá para acabar con la humanidad sin que la hora final haya llegado, por ese motivo el cielo contrarrestará brindando la cura a los que aún vivan.

El mundo, todas las riquezas acumuladas, las máximas autoridades religiosas, la vanguardia de los avances tecnológicos y científicos estarán en jaque. En ese tiempo no pude comprender la real magnitud de lo que el médico estaba profetizando al referirse a la mayor calamidad de los últimos tiempos y que puso a la humanidad muy cerca del abismo de su existencia.

Los días transcurrieron y recuerdo que, en una calurosa tarde de domingo de aquella lejana década del 90, yo regresaba de la ciudad veraniega de San Bernardino, y al ingresar a Ypacaraí decidí visitar a mi madre y degustar un delicioso “tallarín ka’aru”.

Tras pasar frente a la sede de la cooperativa fuí divisado por el amigo Eladio, quien al verme dejó su vaso sobre el mostrador del almacén de Ña Tuti y cruzó la calle para saludarme y estrechar mi mano.

Sin más rodeos abordó el comentario que le hiciera Ña Ramona y me dijo en guaraní “He’ícheve nde sy e ñe’e sê ‘há chendivè. (Me dijo tu madre que querías hablar conmigo).

Le dije que sí, y que si le parecía bien le esperaría al otro día, lunes de mañana para tomar tereré y abordar el tema que me interesaba, convenimos el encuentro y al despedirme, como homenaje a nuestra amistad le agasaje con unos tragos por cuenta.

Ñoño nunca acudió a la cita marcada con su amigo para el día siguiente, esa misma noche había sido asesinado de la manera más cruel.

Al día siguiente acudí al velatorio de mi amigo, no podía creer lo que había ocurrido, Ñoño yacía inerte en su ataúd, quien varias veces había vencido al mal esta vez había caído, el jinete del caballo amarillo al que llaman muerte (Apocalipsis 6:7-8) le tendió una celada y en aquella noche le arrebató la vida sin poder apropiarse de su alma, porque todos los espíritus le pertenecen al creador, a Dios.

Luego de cometer el atroz crimen, el autor huyó y hasta hoy aquella barbarie quedó impune.

Ñoño se llevó el secreto cuyo contenido quería conocer, la muerte impidió que me lo trasmitiera, pero una noche me visitó en sueños para revelarme otro misterio.

Después de algún tiempo soñé que Eladio Pérez venía por un tapé po’i que lo conducía desde el predio de la Escuela San Blas de Ypacaraí hasta el domicilio de mi hermano, colindante con el establecimiento educativo.

En ese sueño me encontraba parado en la puerta y al ver al médico era consciente de que él estaba muerto.

Ñoño se acercó hasta una distancia prudencial y me dijo algo que me eriza la piel hasta hoy.

Reveló que había dado con la ubicación del que acabó con su vida, que él mismo estaba viviendo en Capiatá, pero del lado de la ruta 1, en el sentido en que los vehículos se dirigen a Asunción y que tarde o temprano pagaría por su crimen.

Como era su costumbre, Ñoño había traspasado nuevamente el umbral que divide a una y otra dimensión, estando vivo se transportaba al plano de los espíritus, estando muerto volvió a nuestro plano para descifrar el misterio sobre el paradero de quien había acabado con su vida.

Luego de contarme la ubicación del criminal que le arrebató la existencia, dio vueltas para marcharse, antes de alejarse le pregunté en guaraní: “Ñoño algún día sabré la respuesta de lo que quise preguntarte?” y me dijo: “Claro que sí”, luego se alejó perdiéndose en aquel sendero que lleva a lo infinito del más allá.

Hoy sentí unas inmensas ganas de escribir sobre aquel médico que curaba rezando a Dios, el hombre de los pantalones remangados, con el rostro dividido entre aflicción y alegría, hombre de humilde de cuna y tan humano que se acercaba a lo mejor de lo humano, el hombre sencillo que como el buen apóstol llevaba la sanación a un hogar, del que se retiraba sin pedir nada a cambio.

Escribir sobre el amigo que ya no está y con quien se compartió fraternos sentimientos genera reacciones cargadas de penas y alegrías, pero siempre es importante recordar porque la inmortalidad se inicia en la memoria.

Hoy, 30 años después de las conversaciones mantenidas de madrugada en Ypacaraí, recibí una temprana llamada telefónica, era Isaac diciéndome: “Recuerdas la profecía de Ñoño?, no lo entendimos en esos días, se refería al Coronavirus”.

En realidad, la coincidencia de que Isaac me llame justo cuando se cumplía treinta años de su fallecimiento aquel 17 de enero de 1994, guardaba relación con un secreto que Ñoño nos había enseñado y cuyas palabras mágicas había olvidado: El conjuro para hacerse INVISIBLE.

Bueno, anota le dije a mi interlocutor, dictándole lo que debía hacer y decir: 

1- Beber tanta agua del rio hasta que la barriga quede transparente. 

2 - Curuvicar un espejo nuevo y sin uso hasta volverlo polvo, luego espolvorear el vidrio sobre el cuerpo desnudo diciendo:

"Reflejo no me reflejes,

Luna y Sol cierren sus ojos y no me vean,

Que la luz no me distinga, que la sombra no me siga"

Este truco siempre resultó, nosotros lo utilizábamos para ir al bar Romero o al bar Martínez en donde comíamos gratis las empanadas de Lichè o la carne asada preparada por Tasiano Matto. Toda la concurrencia se pegaba el susto de sus vidas al ver como las empanadas y/o asado de rabadilla desaparecían en la nada luego de engullirlas.

Hoy y para recordar viejos tiempos fuimos al rio Monday a beber tanta cantidad de agua como podíamos, permanecimos ahí por media hora, para luego huir presurosos luego de escuchar que los vecinos llamaron al 911 solicitando la presencia de los linces diciendo “parece que 2 hombres completamente locos están intentando beberse todo el río”.

Llenamos dos tambores y nos rajamos.

En estos instantes volvimos a ser invisibles a los ojos humanos, el Bar de Liché y Romero ya no existen y solo quedan recuerdos de nuestras travesuras, por eso decidimos volver a hacernos visibles y confiar a todos los que quieran hacerlo, el método para ser "El hombre o mujer Invisible", como en las películas.

Hasta pronto amigo Ñoño, DIOS te tenga en su Santa Gloria.